Esa tarde pasó dos horas esperando en la guardia de un hospital, su abuela había limpiado con un papelito los asientos de plástico azul. La sala de espera, impregnada por un olor desagradable e irreconocible, estaba casi vacía. De vez en cuando llegaba alguien, preguntaba quién era el último, golpeaba la puerta, se sentaba, esperaba también, una madre con su hijo, una pareja, dos hermanas. Pero no llegaba a verlos bien; tenía los ojos cerrados, estaba casi dormida pero no por sueño sino a causa del dolor, y nada de lo que sucedía a su alrededor le importaba demasiado: ni siquiera esperaba que la puerta se abriera y que alguien la llamara, sino que prefería quedarse así, entredormida, en ese umbral preciso en el que el dolor se volvía imaginario, como si fuera parte de un mal sueño.
Por la ventana entraba la luz del sol, cuya presencia imprevista en aquel domingo de invierno de a ratos le recordaba que estaba ahí, esperando nada. La persistencia de aquella escena de puerta cerrada y personas mirando silenciosamente el vacío la obligó a moverse. El dolor se hacía cada vez más insoportable, cesaba de a ratos únicamente para volver con más fuerza. Vamos, dijo, no vale la pena seguir esperando, mientras le hacía una seña a su abuela para que se acercara a la salida.
Abandonaron el edificio sombrío de paredes casi blancas, caminando lentamente en busca de algún medio de transporte que las llevara a otro hospital, a otro lado al menos, pero la calle estaba desierta. Siguieron caminando por las veredas de baldosas rotas y casas con rejas, una cargando con su cuerpo cansado y los nervios, la otra con el dolor que invadía su frente.
Unas cuadras más, un viaje, otra sala con otra puerta, esta vez con menos gente. Esta puerta no era como la anterior, sí se abría: había pagado para que se abriera y la dejaran entrar. Claro, sólo había que pagar, es la única llave que funciona cuando de abrir puertas se trata. No importaba, finalmente estaba ahí, la iban a liberar de ese dolor que la perseguía desde hacía días y que ella había estado esquivando. Había tratado de esconderse, de demorar el enfrentamiento. Quería un cumpleaños en paz, estar tranquila y ser moderadamente feliz, pero durante todo el tiempo hubo algo más, algo que estaba angustiosamente cerca y que la encontró pronto.
Tenés vómitos le preguntó, sí le dijo, estuve vomitando todo el día, abrí la boca y decí A y ella dejó salir una nota sostenida, cuya altura trataba de mantener para distraerse y que su cuerpo -que estaba furioso, atacaba ante cualquier estímulo- no reaccionara mientras la observaban. Aun así no le prestaron atención. Más analgésicos, más escaparse, voy a vomitar, no creo, es idea tuya, te digo que lo siento, estoy por vomitar otra vez, y entonces vomitó el cesto de basura que había ahí, y de pronto algo tangible, el ruido del líquido contra la bolsa y los paquetes de golosinas, la mano de su abuela en su frente, déjenme vomitar tranquila, basta, déjenme, mientras el flujo interminable de ácido transparente que salía de su cuerpo les mostraba que estaba ahí, que todo existía realmente.
Al final estaba sola con sus vómitos, nadie que le dijera qué podía hacer ni cómo enfrentarse a ellos, nada que le proporcionara el alivio que buscaba. Tendría que hacerlo a su manera. Eso debía ser el infierno, seguramente, encontrarse acurrucada en un sillón, en posición fetal, con erupciones en su piel, con un dolor que la inutilizaba por completo. Necesito estar sola, no me toques, estoy a punto de. La opresión que sentía en la cabeza, en el pecho, en la garganta, en el estómago, todo comenzó a expulsarlo nuevamente mediante contracciones involuntarias, inesperadas, con una fuerza sorprendente para sus pequeños músculos. Descubrió que podía confiar en su cuerpo, en que éste arrancaría los parásitos de sus entrañas a la fuerza cuando tuviera que hacerlo.
Finalmente lo vomitó todo. El dolor desaparecía de a poco, el nudo en su garganta se aflojaba, ya no estaba dominada por las náuseas. Veía con más claridad, de repente estar despierta se había vuelto soportable, y así fue que vio una chica con cara de torta, brazos gorditos y una blusa fea, un idiota que jamás supo mirar más allá de su ombligo, recuerdos penosos, palabras punzantes, voces que la juzgaban, opiniones poco acertadas. Sobre todas las cosas, ese miedo a no ser querida por no ser querible, esa sensación de que no ser suficiente. Pensó en todo el tiempo que había estado escondida por miedo a esos fantasmas, mientras que en realidad era más probable que ellos tuvieran más miedo. Los miró tranquila, sabiendo que eran un espejismo y que no había nada en ellos; por primera vez los dejó pasar. Es que en el fondo, todavía se reconocía en esa niñita de la que todos se burlaban, la solía sentarse en la escalera a leer en los recreos. Aunque ya no quedara nada de ella, únicamente el sentirse vulnerable. Las inseguridades habían desaparecido. Porque es verdad, porque esa mujer que encontró en su lugar es muy diferente, ya no tiene que esconderse de nada ni de nadie, ya no tiene miedo, sino que es al revés, son los demás los que le temen a ella, que se esconden.
Entonces en ese momento piensa que a veces es así, que los exorcismos son bastante incómodos, dolorosos, pero que para vivir de verdad es necesario deshacerse de los fantasmas.